ADRIÀ PUNTÍ Un pura sangre

ENTREVISTA (2015)

ADRIÀ PUNTÍ Un pura sangre

En 2105, el álbum “La clau de girar el taller” y el libro-disco “Enclusa i un cop de mall” volvieron a poner en circulación, y en lo más alto, a un Adrià Puntí siempre único. Se la jugaba después de trece años de silencio mediático, que no de ausencia. Porque Adrià Puntí nunca paró de trabajar. El que fuese cantante de Umpah-pah en los noventa retornó a lo mejor de sí mismo y, desde un emocionante clasicismo rock con entidad, disparó las apuestas sobre si realmente es él, y no otro, ni otros, el verdadero genio de la música en catalán de las últimas dos décadas. Alicia Rodríguez, sin dudas al respecto, lo dejó claro en esta entrevista.

Cómo arrancar una entrevista cuando el entrevistado ha formado parte de tu banda sonora vital. Cuando sabes lo mucho que ha sufrido hasta ver paridos al unísono su álbum y su libro-disco. Somos muchos los que soñábamos con el regreso de quien consideramos el mayor genio catalán actual. Porque creemos en él, porque sabíamos que tenía cerca de cincuenta canciones guardadas de las que irremediablemente hizo criba y porque tras sus discos con Umpah-Pah y álbumes en solitario de la belleza insólita de “Pepalallarga i…” (Picap, 1997), “L’hora del pati” (Picap, 1999) y “Maria” (Picap, 2002), ahora no podía defraudarnos. “Ha sido una espera dura, pero la decisión de no grabar antes fue mía, por estas cosas del mundo empresarial y discográfico. Es por eso que tenía que ser consecuente y asumir esos momentos de acritud. Y cuando ya estábamos asumiendo el reto, a pesar de la ilusión y el entusiasmo, no voy a negar que hubo momentos oscuros, como pasa en todo proceso creativo”. Y más, en el contexto musical actual: “Estamos todos un poco en una especie de travesía del desierto. Es duro, es difícil, las radios no te pinchan, no hay programas de tele… todo es un desbarajuste”.

“Ha sido una espera dura, pero la decisión de no grabar antes fue mía, por estas cosas del mundo empresarial y discográfico. Es por eso que tenía que ser consecuente y asumir esos momentos de acritud. Y cuando ya estábamos asumiendo el reto, a pesar de la ilusión y el entusiasmo, no voy a negar que hubo momentos oscuros, como pasa en todo proceso creativo”

Hablamos de un doble lanzamiento: “La clau de girar el taller” (Satélite K) y “Enclusa i un cop de mall” (una autoedición distribuida por Satélite K). El primero, un disco; el segundo, un libro-álbum con poemas, ilustraciones, seis versiones y tres canciones inéditas. Además, estructurado como un auténtico programa radiofónico, al estilo de los que se facturan en Estados Unidos, con comentarios del propio Puntí. Para comprender este tributo a su padre y su taller casero se debe concebir el arte del gerundense como un todo unitario. Y su creación, como un mundo aparte y paralelo donde conviven libremente armonía y caos, melancolía y rebeldía, ternura y dureza.

Porque todas estas dualidades forman parte de Adrià Puntí. Por eso, su obra no deja de ser una prolongación de su propia vida. Pese a que se ha dicho que “La clau de girar el taller” es un disco rockero, delimitarlo así es dejar de lado todas sus aristas, contrapuntos y trazos recurrentes a la par que peculiares de su imaginario biográfico (familia, infancia, nostalgia, amor, hogar): “La melancolía no está desligada del mundo del rock’n’roll. Para mí, una guitarra acústica puede ser más rockera que cuarenta eléctricas metiendo caña. Y depende mucho del mensaje, de la forma en la que se expresa uno. Creo que aquí hay puntos rockeros, sinfónicos, de pop, de cantautor, de folk…”.

Y es que Adrià juega sin tregua, aunque no entendamos su juego como algo banal, sino como fruto de la transgresión. “Sí, puedes decirlo, quizá sí… transgresión… Pero creo que es una cuestión de actitud, y la actitud es una parte importante para ser diferencial”. Y es que en un mismo tema puede pasar del romanticismo más extremo al punk. “Esbrina”, que es de este mismo año, es un buen ejemplo. Una canción que cuenta con las voces de su joven amigo, el músico Pau Blanco Casamajor, y lo recalco porque pronto tendrá disco y habrá que estar atentos a este nombre. “’Esbrina’ es multicolorista: nace de una balada que se transforma en un estribillo superdulce que, a la vez, se convierte en un puente aún más dulce, y entonces explosiona en un mundo mozartiano y vuelve a explosionar hacia un punto punk, independientemente de que sea una canción dulce”. Le digo que esto pasa mucho en su música, todos esos giros imprevistos que otorga a sus melodías: “Sí, porque lo que no me gusta es aburrirme. Doy muchos tumbos”.

“Esbrina”, segundo single de “La clau de girar el taller”. Un paseo por Venecia con un renacido Adrià Puntí.

 

A la hora de ponerse en escena, sigue jugando a romper barreras y sorprender: “Pero es una teatralidad muy sincera. No hay coreografía. Cuando hago un directo, es curioso constatar en el transcurso de las dos o tres horas que a veces puede durar la actuación los diversos mundos por los que paso. Es una de las cosas con las que alucino. Hostia, estás en una realidad que te permite prescindir, un poco al menos, de lo que hay fuera del escenario. Eso, la verdad, me seduce mucho”. Por eso Adrià es tan real, porque sus actuaciones recrean un mundo sin trampa ni cartón, donde todo es posible. Y si no, que se lo digan a su banda, integrada por músicos que ya lo conocen bien, como Lluís Costa, responsable también de la grabación y mezclas del disco en su estudio Soundclub de Salt (y guitarrista también de Xebi SF) y Pedrito Martínez (bajo). “Todos tienen asumido el modo en que va la historia”, sonríe Adrià. Y esa historia, doy fe, supone llevar grabada a fuego la palabra improvisar. Transgresión, diversión e improvisación, no solo en esos directos, sino también al componer: “‘Fill de presons’, que cierra el disco, surgió de un día tristón en el que grabábamos otro tema muy distinto. No me encontraba bien y pensé: ‘Esto no puede ser, no podemos jugar a ser tan oscuros; hagamos algún tema alegre’. De estar agobiado y ponerse a llover, al final salió el sol y surgió esta canción divertida”.

“De pequeño escuché mucha música yanqui e inglesa y la parte fonética se me quedó… Es una de las cosas que he intentado trabajar siempre, la musicalidad de las letras. Que estén bien ligadas, que no sea una rima forzada. Soy tozudo y tengo la paciencia suficiente para cambiarlo todo cuarenta veces, hasta que la letra se ajusta rítmica y sonoramente”

Curiosamente, su disco-libro se cierra recuperando un tema en castellano, “Tocayo”, de su álbum con Umpah-Pah “La columna de Simeón” (1996). Una historia real sobre una sensación latente en cualquier artista, el miedo al fracaso. “Es un autohomenaje a cuando tenía 19 años y tocaba en un bar ante solo tres personas, que vete a saber si me escuchaban, porque después de más de veinte canciones no me aplaudieron hasta que dije que cantaba la última. Creo que abre un abanico de posibilidades debido a esta parte literaria que tengo en lengua no catalana. En este sentido, siempre he sido políglota, con naturalidad”. Lo que da pie a anunciar una buena noticia para todos aquellos españoles que aún no se hayan adentrado en el universo Puntí: “Estos días estoy revisitando una serie de canciones que he hecho en castellano. Creo que son temas muy creíbles, incluso mucho más que cuando los tocaba con Umpah-Pah. Hay algunos nuevos, pero ‘Un compendio en mi menor’, ‘Sí,’ ‘Entre tú y tu yo’ o esta de ‘Tocayo’ no se han pasado con el tiempo, son como el vino. Y creo que ahora es el momento de sacarles el jugo que en su día no se les sacó, en directo y, por qué no, también en disco. Si todo va como va, no habrá que esperar otros trece años para que salga una nueva hornada de canciones”.

Aunque, digo yo, no es tan relevante en qué idioma (o no-idioma, pues en directo a menudo se inventa su propio lenguaje) cante: su dicción suena siempre anglosajona. “Sí, sí, por el sonido… De pequeño escuché mucha música yanqui e inglesa y la parte fonética se me quedó. Por influencias musicales, es una de las cosas que he intentado trabajar siempre, la musicalidad de las letras. Que estén bien ligadas, que no sea una rima forzada. Soy tozudo y tengo la paciencia suficiente para cambiarlo todo cuarenta veces, hasta que la letra se ajusta rítmica y sonoramente”. Ejemplos de ello en este disco y en el libro hay muchos, como “Tarda d’agost”: “Es de hace dos años, una canción pensada para mi película, donde hay un personaje colgado de un árbol, aunque en el libro quise dibujar a tres. Es muy costumbrista, suena como una rueda de molino de esos en los que va cayendo el agua poco a poco”.

ADRIÀ PUNTÍ, Un pura sangre

El proyecto de película “Viatge d’un savi vilatrista cap enlloc” tiene escenas que giran en torno a Amer, el pueblo de su madre, el petróleo y el NODO.

Pero la ambigüedad también está presente en las letras, y “La prova del nou” es un ejemplo de esa doble lectura: “Podía hablar de una pareja o de un grupo de amigos en lo alto de un tejado en la ‘diada’ (día, en catalán) de Sant Joan. Pero habla de una ‘diada’ que, con el tiempo, podría ser política (la del 9N). Así que parece que yo sea un visionario”. Como visionario era también un loco, el protagonista de “El boig del telèfon roig”, que ya cantaba en sus directos: “Un hombre con problemas reales que se paseaba por Girona en la era premóviles con un teléfono rojo, siendo el hazmerreír de mucha gente. Bueno, ojo, yo no me reía de él. Y al final resulta que ahora vamos todos con el teléfono arriba y abajo”. En el disco también colaboran Quimi Portet (para “La clau de girar el taller”) y Enrique Bunbury (“Tornavís”). Sobre el zaragozano, dice: “El tío estaba emperrado en hacer el disco conmigo y yo en hacerlo con él. Teníamos muchos temas de una grabación que hicimos en Cádiz, y creo que saldrán en un futuro”.

“Que no se entienda esto que voy a decir de una manera vanidosa o se vea desde un punto de superioridad, pero creo que si escuchas mil canciones y hay una de Adrià Puntí, me reconoces; te gustará más o menos, pero la reconoces. Esto me ilusiona y me da fuerzas para seguir con las ideas que tengo en la cabeza para un futuro”

La búsqueda constante de un lenguaje y un universo musical propio es un rasgo esencial de sus composiciones, donde la armonía y la sinfonía se consiguen, además, de forma autodidacta. Con pocas notas, el de Salt confecciona melodías preciosas: “El punto minimalista lo tengo, eso es cierto. En tema de letras quizá no soy tan minimalista, pero es una música que llevo dentro y siempre me ha impresionado”. Aunque entre sus referentes cohabiten Schumann, Mozart, Bowie, Mike Scott y Alan Parsons, hay algo en lo que hay que darle la razón: “Que no se entienda esto que voy a decir de una manera vanidosa o se vea desde un punto de superioridad, pero creo que si escuchas mil canciones y hay una de Adrià Puntí, me reconoces; te gustará más o menos, pero la reconoces. Esto me ilusiona y me da fuerzas para seguir con las ideas que tengo en la cabeza para un futuro”. Ideas que, para este auténtico hombre renacentista, van más allá de la música: “Estoy trabajando en otro disco, en una película, en un tercer libro… Tengo esta dinámica de levantarme bien temprano, y eso ya forma parte de mi manera de ser. Estoy constantemente con las antenas puestas, cabeza y alma, para alcanzar estos proyectos que, para mí, son la gracia de la vida. Hay gente que tiene otro tipo de ilusiones; yo tengo estas. Pueden parecer ingenuas en un momento determinado, pero a mí me enriquecen y me hacen sentir mejor”. La película en cuestión (“Viatge d’un savi vilatrista cap enlloc”) tiene escenas que no puedo desvelar aún, pero que giran en torno a Amer, el pueblo de su madre, el petróleo y el NODO. “De la manera que concibo la película, el solo hecho de estar ahora hablando contigo hará que esta escena forme parte de ella, porque, aunque no haya cámaras aquí, esto ya se registra. E igual te llamo y te pregunto: ‘Alicia, dije algo interesante ese día, ¿lo tienes?’. Y así voy introduciendo a una serie de nuevos personajes en la película”.

Días después de esta charla, mientras pienso cómo acabar esta entrevista, en el bar de mi barrio pasan cosas. Un chico le dice a otro: “Tienes una misión en este mundo, tu felicidad, pero también hacernos felices a los demás”. El chico le pregunta que por qué iba a ser él capaz de conseguirlo: “Pues porque eres especial. Todo el mundo lo es, pero unas personas lo son más que otras”. Pago mi té y vuelvo a casa pensando que Adrià es una de esas personas “más especiales que otras”, pero que lo es por crear discos desde el alma, por compartirlos, como a él le gusta, con su gente, y por lograr así que la existencia de aquellos que lo queremos sea algo menos absurda. El de Salt es un puro ejemplo del arte más honesto, el que se gesta solo como necesidad vital. Un pura sangre de espíritu libre, no lo olviden.

 

Retrato de un artista

“Todo arrancó cuando le dije a Maria, mi madre:  ‘No me moriré hasta que haga un disco’. De eso hace muchos años y no he hecho uno, sino muchos, y más que espero hacer”. Desde niño, lector compulsivo, interesado por la pintura, la poesía de Rimbaud e incluso la mecánica. Su padre, Narcís, es escultor autodidacta, y esa creatividad la ha mamado desde pequeño: “Cuando la gente estaba con los cromos del Barça y del Madrid, yo estaba con un álbum de cromos de Gaudí”. Conserva aún grabaciones infantiles donde canta temas de Van Morrison: “Sí, y no solo de él. Me grababa cantando encima de otros artistas, para aprender. Claro, se lo ponía a los amigos y no se creían que fuese yo. Bueno, había un poco de truco porque la canción estaba mezclada con la voz del cantante original”. Luego vendría la revelación, Mike Scott (The Waterboys): “Por primera vez, pese a la distancia y las diferencias culturales, sentía que era como si me copiasen a mí”.

Como buen perfeccionista, se graba sus directos: “Sí, en mi nueva etapa tengo la paciencia de escucharme mis conciertos, sean más buenos o más malos. Antes, con Umpah-Pah, buff… no podía aguantarlo. Porque sufría lo mío; el sufrimiento era entonces un denominador común, a pesar de que aparentemente fuera un divertimento. Es intrínseco en mí el sufrir, ya sabes, pero ahora lo observo todo desde un punto de vista más de despacho”.

Sobre la que fuera su banda, “todo lo que pasó lo encuentro superpositivo, muchos y buenos recuerdos y también momentos crudos… Pero les tengo cariño a todos mis discos. Recuerdo cuando hacía karaoke a las cinco de la madrugada para poder tener la voz ronca y ni así lo conseguía; tenía que impostar”. Aunque eso no quita que sienta que todo terminó de forma abrupta: “Para mí fue un golpe bajo el hecho de que se pusiera fin a la historia. Pero las cosas son así, cada uno tenía sus circunstancias y opiniones”.

 

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